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lunes, 6 de agosto de 2018

La otra cara de la autocrítica: la autocompasión


"Sé amable con todos, pero especialmente, contigo mismo"


La autocompasión es lo contrario a tenerse lástima. 

Cuando me tengo lástima, habito en el lugar de la víctima y busco responsables externos por mis penurias.

La autocompasión tiene más que ver con tratarse a uno mismo con paciencia, cuidado y cariño. Cómo trataríamos a nuestra mejor amiga.

La autocompasión es una herramienta que nos permite protegernos contra la autocrítica destructiva, sin la necesidad de sentirnos superiores. También nos facilita capitalizar nuestro poderpersonal y liberarnos del perfeccionismo. 

La autocompasión viene de la mano de practicar la aceptación y la flexibilidad, dos habilidades claves, para liberarnos de las autoexigencias y para poder ser compasivos con los demás.

¡Sólo por hoy y un día a la vez, sé tu mejor amiga!

domingo, 5 de enero de 2014

Miedo al caos

“¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo…; el miedo a cambiar, la ruptura de un paradigma; el caos como revolución social."  (El Guasón –Batman)
Vivimos en la búsqueda de certezas, de control, de seguridad, de estabilidad, aun sabiendo que lo único permanente es el cambio. Nos resistimos a aceptarlo y preferimos elegir el auto-engaño, no sé bien si calificarlo como infantil u omnipotente, de creer que podemos controlar la vida.

Jugamos a ser "todos poderosos" y pretendemos controlar nuestro entorno, horarios, comidas, empleados,  pensamientos, emociones, cuerpo, clima, la reacción  y opinión de terceros. La lista podría ser interminable y sólo evidencia la trampa en la que nos encontramos presos los  seres humanos: la quimera del control, como la panacea de la seguridad.

A la mayoría nos aterra salir del paisaje conocido, de nuestra zona de confort, donde cándidamente creemos que no vamos a tener sorpresas, o que las situaciones inesperadas, no van a generar una gran demanda de adaptación. En algún lugar de nuestros cerebros, trasgredir los límites del control y el orden pre-establecido, es equivalente a vivir en el caos. En ese contexto, el que se anima a hacerlo, lejos de llevarse el mote de “valiente”,  inmediatamente se convierte en un loco, inconsciente o  irresponsable. Es lo que tenemos más a mano, cuando ocurre algo que no podemos explicar o no coincide con ningún parámetro del universo conocido y familiar.

Nadie quiere vivir en el caos. El caos nos remite a situaciones de hostilidad, desorden, anarquía, incertidumbre, perplejidad. Nos dispara emociones asociadas a la desconfianza, desasosiego, ansiedad, zozobra, preocupación, agitación, que no son más que distintas manifestaciones de miedo. En menor o mayor medida, tenemos miedo al caos y nos apegamos a la búsqueda incansable del control y una falsa seguridad. Vamos construyendo murallas, cada vez más rígidas e inaccesibles para protegernos del cambio, lo desconocido o inesperado. Evitamos por todos los medios enfrentar la desconfianza que nos provoca la flexibilidad. La resistimos con todas nuestras fuerzas, quizás sin percibir que lo único que logramos es sumar frustración, agotamiento y soledad. La soledad  aparece así como una de las inevitables consecuencias de la rigidez, porque al final del día, nadie quiere compartir la vida con alguien que ya diseñó hasta cómo deben ser sus amigos.

La flexibilidad, palabra casi relegada a lo gimnástico o a la elongación de las personas, también aplica para nuestra forma de pensar y entender el mundo. Ser flexible no significa ser tibio. Ser flexible requiere de mucha conciencia sobre lo que es importante  y necesario para cada persona. Implica la capacidad de rediseño sobre la marcha, estar abierto a sorprenderse, a aceptar nuevos escenarios y respuestas. Abrazar la flexibilidad es aprender a vivir con esa cuota de incertidumbre que nos da la posibilidad de conectar más plenamente con el presente, comprendiendo y tomando lo que sucede, esté previsto o no.


No soy una defensora de la anarquía o de la improvisación como plan, sencillamente creo que al contemplar la posibilidad que dentro de un plan, haya cosas que puedan salir de otra manera, esa simple idea nos da libertad y más capacidad de disfrute. Soltar la idea de controlar todo, soltar la certeza de que las cosas deben ser como las imaginamos, poder hacer con lo que hay y no con lo que creíamos que habría, ahí radica el gran desafío de nuestro tiempo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Intimidad al desnudo


"Si la esencia de la relación es la autorevelación, jamás la podremos lograr si no nos sentimos aceptados". Matthew Kelly

Muchas veces me pregunto qué es lo que hace que las relaciones se vuelvan significativas y sólidas. ¿Cuál es ese ingrediente que nos confiere la sensación de estar en un espacio de aceptación y confianza en los cuales somos capaces de abrirnos y compartir nuestro ser al desnudo, sin caretas ni escudos?

Construir intimidad es mi respuesta. Intimar  es  la capacidad y la posibilidad de participar de una conexión estrecha y profunda con otra persona. Es ser capaz de establecer vínculos privilegiados, en los cuales estamos abiertos y dispuestos a compartir con otro,  los aspectos más notables de nuestro ser, nuestras historias de aciertos y fracasos,  nuestras necesidades, anhelos y deseos, por más utópicos que parezcan.

Intimar significa un desafío, el del compartir los secretos de nuestros corazones, mentes y almas con otro ser humano tan imperfecto y frágil como uno. No es una condición que surge espontáneamente, sino que acontece como consecuencia de la decisión de abrirnos y  exponer nuestra vulnerabilidad.

No todos tenemos la misma facilidad para conectar y esto puede  hacerse a distintos niveles de profundidad, en distintos tiempos y dominios de nuestras vidas, dependiendo del modelo de  interacción de la relación.

Recuerdo  el libro de Matthew Kelly, autor de Los siete niveles de la intimidad, en donde  postula que si la esencia de las relaciones es la autorevelación , jamás podremos lograrla si no nos sentimos aceptados.

Me pareció interesante revisar las preguntas que  Kelly sugiere responder para identificar cuál es el nivel de intimidad que tenemos en una relación determinada:

Nivel 1: ¿Estás preparado para reconocer que tus interacciones son repetitivas y estereotipadas?
En este nivel  los puntos de conexión son superficiales. El estilo del intercambio estará centrado en datos e informaciones de la vida cotidiana, con temas centrales como el trabajo, los hijos, eventos esperados e inesperados, ambiciones económicas, o la vida de los otros. Las conversaciones  son triviales y evitarán  los temas comprometidos o confrontaciones. Estas interacciones algunas veces muestran sincero interés y otras nada más que una formalidad vacía.

Nivel 2: ¿Estás dispuesto a salir del cliché y decir algo más de ti mismo?
Las opiniones sobre un tema específico personalizan el intercambio y abren la puerta al disenso. En el nivel del puro intercambio de información aséptica no suelen producirse desacuerdos ya que las personas no se involucran. S i debatimos o si confrontamos nuestras ideas lo haremos con distintos grados de apasionamiento, de modo que las líneas de tensión y oposición de fuerzas se hacen presentes.  Es importante sentirse libre para opinar e involucrarse para acceder a niveles más profundos de intimidad.

Nivel 3: ¿Estás dispuesto a dar a conocer tus opiniones y a aceptar a aquellas personas con opiniones diferentes?
La aceptación mutua es una condición fundamental para afianzar buenas relaciones. La aceptación de quien amamos precisamente porque es diferente, coloca en primer plano una virtud esencial para los vínculos,  la flexibilidad. Lo opuesto a ella es la rigidez que consiste en rechazar o descalificar a alguien que actúe o piense en forma diferente a nuestra propia visión del mundo. No se trata de tolerar sino de admitir, porque la primera es una palabra engañosa que coloca al tolerante en una posición aparentemente superior y meritoria. En cambio, aceptación supone una apertura flexible a la diferencia y al cambio.

Nivel 4: ¿Estás listo para expresar tus esperanzas y sueños?
Cuando nos sentimos aceptados confiamos más aún en el otro y somos capaces de compartir entonces nuestros deseos, nuestras expectativas y nuestras esperanzas.

Nivel 5: ¿Estás dispuesto a mostrarte vulnerable?
Mostrarnos vulnerables es otra condición básica para el progreso de la intimidad. Poder expresarnos con libertad, mostrar sin inhibiciones nuestras debilidades y nuestra necesidad de ser acogidos.

Nivel 6: ¿Estás dispuesto a mostrar y encarar tus temores, ansiedades y fracasos?
Si somos capaces de revelar aquellas cosas que tememos guardadas, si podemos reconocer un fracaso, un error grave o un deseo largamente reprimido o censurado, si podemos hacer todo eso estaremos alcanzando el nivel más profundo de intimidad.

Nivel 7: ¿Estás dispuesto a satisfacer las necesidades legítimas de la otra persona?
El desafío principal de este nivel consiste en desarrollar la ayuda mutua necesaria para satisfacer las necesidades de cada uno. Quizás aquí aparezca el altruismo como aliado, que representa la capacidad de hacer cosas por el otro, aun cuando estas acciones no sean las que uno elegiría para la propia satisfacción.

Construir intimidad es como bailar la danza de los siete velos, ya que a medida que vamos despojándonos de ellos, queda al descubierto nuestra desnudez, nuestro verdadero ser. Cuanta más intimidad tenemos en una relación, gozamos de más libertad para mostrarnos tal cual somos.  No digo que sea fácil pero sólo a través de la entrega mutua y la autenticad, es que podemos conectar y generar relaciones más plenas y verdaderas.